Porque nosotros sabíamos quiénes éramos mientras él se quedó
sin saberlo para siempre con el dulce silbido de su potra de
muerto viejo tronchado de raíz por el trancazo de la muerte,
volando entre el rumor oscuro de las últimas hojas heladas de su
otoño hacia la patria de tinieblas de la verdad del olvido, agarrado
de miedo a los trapos de hilachas podridas del balandrán de la
muerte y ajeno a los clamores de las muchedumbres frenéticas
que se echaban a las calles cantando los himnos de júbilo de la
noticia jubilosa de su muerte y ajeno para siempre jamás a las
músicas de liberación y los cohetes de gozo y las campanas de
gloria que anunciaron al mundo la buena nueva de que el tiempo
incontable de la eternidad había por fin terminado.